jueves, 26 de agosto de 2010

LOS INFANTES ISABEL Y ALFONSO DE CASTILLA

NACIMIENTO DE LA INFANTA ISABEL Y DE SU HERMANO ALFONSO

     La reina Isabel La Católica nació el 22 de abril de 1451 en Madrigal de las Altas Torres (Avila). Siendo sus padres, Don Juan II de Castilla y su segunda esposa, Doña Isabel de Portugal.
     Don Juan dio a conocer el nacimiento de su hija Isabel, a través de una proclama: "Yo, el Rey... os hago saber que, por la gracia de Nuestro Señor, este jueves pasado la Reina, Doña Isabel, mi muy cara y bien amada esposa, ha dado a luz una hija; os lo digo para que podáis dar las gracias a Dios".
     Pocos días después de su nacimiento, la pequeña infanta sería bautizada en la Iglesia de San Nicolás de Madrigal de las Altas Torres. Dos años después, nacería en Tordesillas (Valladolid), el Infante Alfonso, su hermano.




      El 20 de julio de 1454, el rey Juan II muere en Valladolid. Fue entonces cuando la infanta Isabel se marcha, junto a su madre, su abuela y su hermano, a Arévalo (Avila), población situada a unos treinta kilómetros de la ciudad que le vio nacer. Aquí permanecería, alejada de la corte, hasta cumplir los once años.


SUCESION DE DON JUAN II

     A D. Juan II le sucedería en el trono, su hijo Enrique IV, llamado con el sobrenombre de el Liberal, por su nefasta gestión como soberano. Nunca supo gobernar ni administrar bien sus rentas, gastándolas, sobre todo, en la celebración de fiestas cortesanas, construía castillos y monasterios según su antojo, firmaba importantes documentos del Estado sin tener la precaución de leerlos con anterioridad, daba bonos a sus amigos sobre el Tesoro sin fijar una cantitad, etc.
     Tampoco se ocuparía de su madre y sus hermanos, Isabel y Alfonso, que vivian en Arévalo casi en el destierro. La renta que debía pasar a su madre, por la que nunca había sentido aprecio, no llegaba o si lo hacía, era de forma irregular, por lo que con frecuencia su madre y sus hermanos, carecieron incluso de lo más necesario.

     La infanta Isabel, gracias al esmero y tesón de su madre, Isabel de Portugal, que hizo todo lo posible por dar a sus hijos una buena educación, las circunstancias adversas que tuvo que vivir no hicieron mella en ella. Recibió una inmejorable formación, basadas en la piedad y en el temor de Dios. Aprendió a hablar y escribir el castellano con elegancia, a montar a caballo, a manejar la espada, a luchar con la lanza, a bordar el terciopelo y el paño de oro. Estudió retórica, pintura, poesía, historia y filosofía. 





     Pero en Arévalo no todo iban a ser desgracias y desdichas. Fue en este lugar dónde la infanta Isabel conocería a la hija del gobernador, Beatriz de Bobadilla, naciendo entre ellas, desde el primer encuentro, una verdadera y gran amistad que perduraría toda la vida.
     Isabel y Beatriz fueron compañeras de estudio, compartieron sus ratos libres, juegos, viajes, ilusiones y esperanzas, así como las numerosas veces que, cavalgando, iban hasta Medina del Campo, dónde tres veces al año, se celebraba la feria, conocidas como las más importantes de España.


    


     Enrique IV, hermanastro de la infanta Isabel, a la edad de catorce años, contrajo matrimonio con Doña Blanca de Navarra no teniendo descendencia. Tras varios años de matrimonio, el Papa Nicolás V, después de comprobar que no había tenido relación con su esposa, llegó a anular este matrimonio. Desde entonces se conocería a Enrique IV, como Enrique el Impotente. En el año 1455, volvería a contraer matrimonio, en esta ocasión, con la princesa Doña Juana, hermana del rey Don Alfonso V de Portugal.
     Una de las cosas que más deseaba Don Enrique, era el tener un heredero. Tan grande era este su deseo, que llegó a pedir a su esposa que concibiera un hijo con uno de sus más íntimos amigos. Ante la negativa de su esposa, Don Enrique comenzó a castigarla. No sólo se despreocupó de ella y dejó de darle dinero, sino que empezó a humillarla en público. Al ver que nada de ello hacía cambiar de opinión a su esposa, comenzó a darle celos con una de sus damas de honor, Doña Guiomar de Castro.
     Poco a poco, el rey se fue convirtiendo en el hazmerreír de toda España. En ello tuvo mucho que ver Doña Guiomar que, tras conseguir que Enrique le diera todo dinero y las riquezas que quiso, se dedicó a ir contando falsas historias y calumnias sobre él.

    Tras un tiempo de difícil convivencia, en 1461 Doña Juana, siete años después de su matrimonio, se queda embarazada, dando a luz a una niña. Por toda la Península corre el rumor de que el padre de la critura no era Don Enrique, su marido, sino Don Beltrán de la Cueva, un caballero de la Corte. La niña se llamaría como su madre, Juana, siendo conocida después como La Beltraneja, es decir, la hija de Don Beltrán. La pequeña Juana fue bautizada por el arzobispo de Toledo, siendo su madrina la Infanta Isabel, que por aquel entonces contaba con once años de edad.
     Enrique IV, tras el nacimiento de su hija Juana, convocó a las Cortes obligando a los delegados de las diecisiete ciudades, a que prestasen juramento de fidelidad a la Infanta Juana como heredera del trono de Castilla.


LOS INFANTES ISABEL Y ALFONSO EN LA CORTE

      Enrique IV ordenó que los infantes Isabel y Alfonso fueran conducidos, sin demora, a la Corte para que fuese su lugar de residencia permanente. Esta noticia llenó de tristeza a Doña Isabel de Portugal que, poco a poco, fue terminando con su salud.
     Al llegar Isabel y Alfonso a la Corte, se encontraron con un ambiente muy diferente del que habían sido educados. Todo eran fiestas, banquetes, torneos, teatros, bailes, continuas entradas y salidas de hombres y mujeres, intrigas y escándalos.
    
     Cuando Isabel cumplió los diecisiete años, Doña Juana, la invitó a que participara de las deshonestas fiestas y banquetes que se celebraban en la Corte. Isabel al saber que tendría que ir a estas celebraciones, rompió en lágrimas y corrió a contárselo a su hermano Alfonso.
     Alfonso, tras conocer las intenciones de la reina, se dirigió a sus habitaciones para decirle que no volviera a tentar a su hermana Isabel con aquellas invitaciones. Doña Juana escuchó al infante, de tan sólo catorce años, entre sonrisas sin contestarle palabra pero, desde aquel día, jamás volvió a incitar a Isabel para que asistiera a las fiestas que se celebraban en la Corte.
     Luego, Alfonso, se dirigió a las damas de honor de la reina, prohibiéndoles, bajo pena de muerte, que se dirigieran a su hermana. Ellas lo escucharon sin decir palabra, pero tras marcharse el Infante, rompieron en carcajadas, burlándose de él.


Tumba de don Alfonso de Castilla. Cartuja de Miraflores (Burgos)


EL INFANTE ALFONSO HEREDERO DEL TRONO
    
     Con el tiempo, los castellanos se fueron convenciendo que La Beltraneja, no era hija del rey sino de Don Beltrán, comenzando a defender al infante Alfonso como el heredero del trono.
     Don Beltrán al conocer los rumores que corrian por la Corte a favor de Alfonso como sucesor del trono, se dirigió a la reina para convencerla de que el infante era demasiado joven para ser el sucesor del Gran Maestrazgo de Santiago, indicándole que tendría que renunciar a este puesto, por lo menos, hasta que cumpliera la mayoría de edad. En 1461, el rey anunció que Alfonso, su hermano, había renunciado al Maestrazgo.

     Tras numerosas luchas, negociaciones y traiciones, Doña Juana y Don Beltrán marcharon a Extremadura, muy cerca de la frontera de Portugal, siendo acompañados por la infanta Isabel. El motivo de que la infanta les acompañara, era para concertar su matrimonio con el rey de Portugal, el viudo Alfonso V, hermano de la reina Doña Juana. Este viaje se mantuvo en secreto, pues era sabido que muchos castellanos y caballeros de la Corte, estaban a favor del matrimonio entre la Infante Isabel y Don Fernando de Aragón.
     El rey Alfonso V invitó a la Infanta Isabel, que contaba con tan solo doce años, a convertirse en su esposa. La infanta tras agradecerle su invitación, le indicó que las leyes de Castilla y los deseos de su padre, el Rey Don Juan, señalaban que no podría contraer matrimonio sin el consentimiento de los tres estados de Castilla, y que además, antes de tomar una decisión tan importante, tendría que oír la opinión de los prelados y nobles.

     Cuando la infanta Isabel llegó de nuevo a la Corte tras su viaje a Extremadura, supo de algunos de los rumores que corrían por doquier, entre otros, que los caballeros de la Corte estaban dividido en dos bandos, aquellos que pensaban que Beltrán tendría que ser el sucesor de Enrique IV y, los que estaban a favor de la legítima sucesión al trono. Tal division llevó a que se tuviesen importantes diputas dentro y fuera de la Corte, corriéndose el riesgo, de que todo terminara en una gran batalla.

     Los enemigos de Don Beltrán acuden a la opinión pública a través de una serie de memorables dirigidos al rey. En ellos se censuraba a Don Beltrán por sus opiniones, por sus conductas anti-cristianas y su complicidad con los infieles, por no castigar las violaciones de mujeres casadas y doncellas por parte de la guardia mora que el rey había covertido en dirigentes de Castilla, por haber permitido en la Corte mofas y blafemias contra las cosas santas y los Sacramentos, por abusar de la autoridad del rey para apoderarse de los infantes Don Alfonso e Isabel, etc.
     Por ello, los nobles ruegan y solicitan al rey, que no se lleve a cabo el matrimonio de la infanta Isabel sin el consentimiento de los tres Estados de Castilla reunidos en Cortes y que el Gran Maestrazgo de Santiago fuese restituido a Don Alfonso, quien sería reconocido como heredero al trono en lugar de La Beltraneja.





     Al recibir Enrique IV estas memorables se puso muy nervioso creyendo que aquella situación terminaría con su asesinato. Tras atender a razones, pensó que había una posible solución. Su esposa estaba embarazada y, si nacía un varón, subiría al trono como su sucesor, lo que acabaría con el conflicto surgido con La Beltraneja.
     Pero no ocurrieron las cosas como Don Enrique deseaba. La reina tuvo un varón, pero al nacer prematuro, murió poco tiempo después. El rey, preso del nerviosismo y del pánico, reúne al Consejo para pedirle su opinión. El rey tras oír a unos y a otros, no se determinó por ninguno de los consejos que le brindaban, prolongándose su difícil situación.
     Tras la reunión de la Corte, el Marqués de Villena mantuvo varias conversaciones con el rey en las que discutieron qué hacer. El resultado de estas entrevistas fue el acuerdo conocido con el nombre de Concordia de Medina de Campo. En este acuerdo, Don Enrique reconocía a Don Alfonso como Príncipe de Asturias y heredero al trono, comprometiéndose a expulsar a Don Beltran de la Corte y a que renunciase al Gran Maestrazgo de Santiago a favor de Don Alfonso. Además, prometía confesar y comulgar al menos una vez al año. De esta forma, el infante Don Alfonso se había convertido en el sucesor del trono, siéndole adjudicado como su guardían, el Marqués de Villena.
     Pero no todo iba a ser tan fácil. Don Fadrique, Almirante de Castilla, pensaba que los acuerdos tomados por el rey eran una burla para todos. Aunque, poco después, confesaría ante el rey, que se había equivocado en su juicio y que se ponía a sus órdenes. El rey como muestra de gratidud, le donó unos territorios que hacía tiempo sabía que quería poseer. Lo que no se esperaba Don Fadrique es que, cuando fue a tomar posesión de los territorios donados por el rey, éste, repudiara el acuerdo de Medina, dando la orden al Marqués de Villena de que le devolviera al infante Don Alfonso de inmediato.

     Don Enrique envió a un mensajero al Arzobispo Alonso Carrillo,  indicándole que fuese a dónde se encontraba él. La respuesta del Arzobispo fue que no atendería a su petición, haciéndole saber que estaba cansado de su persona y de sus asuntos, y que pronto le mostraría cuál era el verdadero Soberano de Castilla. Y así sucedió, el Arzobispo y el Almirante Don Fadrique tras reunirse con el Marqués de Villena, proclamaron rey a Don Alfonso en la ciudad de Valladolid.

Arzobispo Alonso Carrillo (1410-1482)

 
     En el mes de julio de 1465, una procesión de caballeros, encabezada por el Arzobispo y el Marqués de Villena, escoltaban al príncipe Don Alfonso por las calles de Avila. Una gran muchedumbre seguía al gran cortejo gritando. "¡Viva el rey! ¡Viva el rey Don Alfonso!
     A lo lejos, en medio de la vega, se levantaba un rudo escenario en el que se parece ver, regiamente vestido, a un espantapájaros, figurando al rey Enrique IV sentado en su trono. Alrededor del escenario, como custodiando al rey, se encuentraban caballeros, soldados, arqueros y lanceros. Entre la inmesa muchedumbre que contemplaba el espectáculo con asombro, desmontan de sus caballos el Arzobispo Alonso, el Marqués de Villena y Don Alfonso.
     En uno de los laterales del escenario se levantaba un altar, en él, el Arzobispo, tras quitarse la armadura, se reviste con los ornamentos sagrados, dando comienzo la Santa Misa. Al concluir ésta, se dirige al espantapájaros que hacía las veces de Enrique IV, y quitándole la corona dice: "Así perdéis la dignidad real que tan mal habéis jurado". Acto seguido, el Conde de Benavente le despoja de su cetro, añadiendo: ""Así perdéis el gobierno de vuestros reinos, como lo merecéis", y Don diego López de Zúñiga, de un puntapíe, arroja el muñeco de paja al suelo. Un grito de triunfo se oye entre los partidarios de Don Alfonso.
     Entonces, Don Alfonso se dirige al trono vacío, toma asiento y la corona es depositada sobre su cabeza. Gritos de júbilo, tambores y trompetas se dejan oír desde muy lejos.

     Las noticias de burla llegan pronto a los oídos de Enrique IV. Los partidarios de Don Enrique, aquellos que habán sido favorecidos por él, se mostraron ofendido por lo sucedido en Avila. Don Pedro González de Mendoza, obispo de Calahorra, estaba a favor de Don Enrique pero, cuando le invitaron a que se uniera a hacer la guerra a Don Alfonso, repondió: "Es bien sabido, caballeros, que cada reino es como un cuerpo, y que su cabeza es el rey. Si la cabeza está enferma, es mejor curar las heridas que cortarla...Debemos procurar el bienestar de los más, aun si unos pocos somos desgraciados, antes que arrojarnos en los horrores de la guerra civil y de la anarquía...; el principe Alfonso, que sólo tiene once años, aún no puede reinar. Aun cuando Don Enrique es flojo y vicioso, ¿estaría mejor Castilla con un niño en el trono?".
     De Mendoza envió una carta al Marqués de Villena, al que llenó de dudas y de preocupación. El Marqués contestó con una carta dirigida a Enrique IV, en la que le ofrecía una oferta que sería propicia para ambas partes.
     Dicha oferta era, que el Marqués de Villena daría a Enrique IV el dinero que necesitaba y diez mil hombres, además, le entregaría al príncipe Don Alfonso. Por lo que todos los amigos del Marqués volverían a ponerse de parte de Enrique IV, dejando solos al Arzobispo Alonso y al Almirante. Por otra parte, Enrique IV debía desterrar a Don Beltrán y a Don Pedro González de Mendoza y, dar a la infata Isabel en matrimonio al hermano del Marqués de Villena, Don Pedro Girón, Maestre de Calatrava.
     Enrique VI no viendo el problema de casar a la infanta Isabel con Don Pedro, y no viendo más, accedió a lo que le proponía el Marqués de Villena. Haciendo llegar sus propósitos a la reina y a la infanta.


Don Pedro Girón (1423-1466)
    

     La infanta Isabel no daba crédito a lo que Enrique IV le proponía pues, Don Pedro no tenía ni sangre real ni virtudes que alabar, por lo que no estaba dispuesta a obedecer sus proposiciones. La infanta contó a su amiga del alma, Beatriz de Bobadilla, lo que ocurría, la cual tras coger un puñal de plata le dijo, que nuca dejaría que se casara con Don Pedro, que antes, le hundiría el puñal que tenía en sus manos en su corazón.
     La infanta muy entristecisa sólo esperaba en Dios, sólo El tenía el poder sobre la vida y la muerte y, con lágrimas en los ojos, le elevó una oración, implorándole su ayuda. Después se encerró en sus aposentos, ayunando durante tres días, pasando las noches rezando de rodillas ante un crucifijo pidiendo misericordia.
     A los oídos de Enrique IV llegó el comportamiento que había adoptado la infanta Isabel, a lo que respondío simplemente con una sonrisa añadiendo que él, le enseñaría quén era el rey de Castilla y que le haría entrar en razón.
     Don Enrique envío un aviso a Don Pedro Girón para que se dirigiera a Madrid para contraer matrimonio con la infanta Isabel, dando comienzo los preparativos de la boda.


ISABEL RECHAZA LA CORONA

     Don Pedro Girón, Maestre de Calatrava, obedeció inmediatmente las órdenes del rey, sin imaginarse lo que pronto le sucedería. Tras la primera jornada, la noche la pasó en una localidad cercana a Villarreal. Esa misma noche, el Maestre de Calatrava comenzó a quejarse de un gran dolor en la garganta; lo que padecía era una grave amigdalitis. Aunque se llamó a los mejores médicos de los alrededores, nada ponía fin a aquella dolencia. Los médicos le aconsejaron que llamara a un sacerdote para que pudiera prepararse antes de morir. Don Pedro al saber que no había ninguna esperanza de sanar, lleno de cólera y como falso converso que era, se negó a recibir los Sacramentos e incluso a rezar una sola oración cristiana.´
     A Don Pedro le llegaría la muerte dos día después de comenzar su viaje, y la esperaría blasfemando contra Dios por no haberle concedido al menos cuarenta días más de vida, con los que poder difrutar de su regia prometida.

     La infanta Isabel tras recibir la noticia entre lágrimas de gratitud y de alegría, lo primero que hizo fue, dirigirse a la capilla para agradecer a Dios el bien que le había hecho.
     No reaccionaron de la misma manera el rey y el Marqués de Villena. Este último, comprendió que debía replantearse de nuevo su situación, y lo primero que hizo fue, reunirse con el Arzobispo y el Almirante. Y el rey, según él, pensaba que sólo le quedaban dos opciones, abdicar o enfrentarse a los rebeldes.
     La guerra, en aquellos momentos, no podía ser peor que la falsa paz que se estaba atravesando por entonces. Todo el mundo parecía que se había puesto de acuerdo para levantarse en contra su vecino; los asesinatos, robos e incendios se sucedían a diario y de continuo; los señores feudales discutían continuamente, terminado casi siempre estas disputas en pequeñas guerras, etc.

     La guerra que se inició ese verano entre los cristianos y los conversos de Toledo, tuvo grandes y graves consecuencias. Los canónicos de la catedral que, casi todos eran conversos, vendieron en subasta pública a algunos judíos, el privilegio que tenían de controlar las rentas de la ciudad vecina Maqueda.
     El alcande de la ciudad, tras oír los ruegos de Alvar Gómez, un cristiano influyente, que le pedía que expulsara a los judíos de la ciudad, los expulsó. Este hecho molestó muchísimo a los canónigos, los cuales ordenaron arrestar al alcalde y, mientras decidían qué castigo merecería, Don Fernando de la Torre, jefe de los conversos, se tomó la justicia por su mano, animando y conduciendo a los judíos a asaltar la catedral. Los cristianos, que se encontraban dentro de la catedral, lucharon con todas sus fuerzas contra los judíos, incluso desde fuera otros cristianos se unieron a la batalla que, no dejó de ser sangrienta .
     Mientras tanto, un importante refuerzo de cristianos llegó a la ciudad emprendiendo una gran batalla en el barrio dónde vivian casi todos los conversos. Y tras capturar a Fernando de la Torre y a su hermano, los llevaron a la ahorca.

     Días después llegó a Toledo el hermano de la infanta Isabel, Don Alfondo, de tan sólo catorce años de edad, acompañado por el Marqués de Villena y el Arzobispo Carrillo,  para ofrecer su apoyo en contra de Enrique IV, si éste aprobaba, públicamente, la matanza de los conversos y las posteriores medidas que había tomado en contra de ellos.
     El Marqués de Villena avisó a Don Alfonso, que seguramente los cristianos viejos de Toledo se pondrían a favor del rey. A lo que el infante le contestó que, no por ello iba a aprobar la injusticia.

     En poco tiempo los rebeldes consiguieron una fuerza más o menos igual a la del rey y,  ambos ejércitos rivales, se enfrentaron en las cercanías de Olmedo. Desde el campamento de Don Alfonso, el Arzobispo envió un mensaje de desafío al rey, poniendo en conocimiento de D. Beltrán, que cuarenta caballeros habían jurado darle muerte. La respuesta de D. Beltrán fue dar una detallada descripción de todos los soldados que poseía.
     Al día siguiente, 20 de agosto de 1467, la lucha dio comienzó. Cuando la batalla estaba en su situación más dura, se presentó Don Alfonso, rey de Avila, para unirse a ella; junto a él, cabalgaba el Arzobispo Carrillo, que sería herido en el brazo pero, no por ello dejaría de luchar.

     Desde la colina, Enrique comtemplaba toda la batalla, al mínimo signo de retirada que veía en sus tropas, se llenaba de pánico y de miedo, dando por perdida la lucha. Y cuando los rebeldes cedieron terreno ante el ataque de Beltrán y sus seguidores, no se le puedo encontrar por ninguna parte. Al día siguiente, fue hallado, escondido, en una aldea situada a varias millas del lugar de la batalla.

      Cansados los dos ejércitos, se retiraron pero, ambos reclamaban la victoria. El ejército de Enrique había conservado la posesión del campo; los rebeldes habían tomado numerosos prisioneros y apoderado del estandarte real. Enrique desconcertado y arrepentido, se quedaría en al torre de Olmedo con una pequeña escolta; hasta allí acudirían la reina y La Beltraneja para reunirse con él.
     Las noticias del estado en el que se encontraba el rey, pronto llegaron a los oídos del Arzobispo Carrillo, que se encontraba en Avila recuperándose de las heridas de guerra, el cual pudo convencer a varias personas de su confianza para que apresaran al rey en Olmedo.



Murallas de Olmedo (Valladolid). Testigo en el s. XV de las luchas entre Don Alfonso y Enrique IV
      Pronto el rey recibiría una visita no grata. Varias personas entraron en sus dependencias con el único propósito de tomarle como prisionero. Don Enrique pudo escapar campo a través sin ser apresado. En su huída, llamó a la puerta de unos campesinos pidiéndoles ropa; disfrazado con aquellas ropas, montó sobre una mula que le dejó un labrador y se dirigió hasta Madrid.  
     La reina, Doña Isabel y La Beltraneja para mayor seguridad, se dirigieron a Segovia, teniendo que pasar grandes peligros durante el camino pues, los rebeldes enviaron numerosos hombres a caballo con la única orden de capturarlas.
     Llegado a este momento tan difícil, la infanta Isabel tenía que determinar si seguír acompañando a la reina o  si aguardaba a su hermano, Don Alfonso, que se dirigía hacia allí con parte de su ejército. La infanta decidió esperar a su hermano, con lo cual también, salía de las garras de Doña Juana.

     Tras reunirse Isabel con su hermano, mucho tenían que conversar tras tantos meses de separación. El futuro que se les presentaba no era nada fácil. Si Isabel consiguía  escapar de sus enemigos, podría hallar la felicidad o la tristeza al contraer matrimonio fruto sólo, de los intereses políticos. Y si Alfonso salía ileso de las numerosas conspiraciones que tramaban sus enemigos contra él, lo más seguro es que encontrase la muerte en el campo de batalla, o no le quedara otra determinación que marchar al exilio.
     Don Alfonso partiría hacia Avila para reunirse con el Arzobispo Carrillo e Isabel quedaría en Segovia, dónde, seguramente, tuvo el primer encuentro con fray Tomás de Torquemada, prior del convento de los dominicos de Segovia desde el año 1452.

     A principios de julio de 1468, un correo procedente de Cardeñosa, pueblo situado a unas millas de Avila, entraba en Segovia para informar de que el rey de Avila, junto al Marqués de Villena, el Conde de Benavente y otros nobles, habían marchado a Plasencia para mantener unas reuniones con unos señores cuyo apoyo deseaban conseguir. Poco después, Don Alfonso caería repentinamente enfermo, y por ser su situación preocupante, pidió ver a su hermana.
     Inmediatamente, Isabel se puso en camino hacia Cardeñosa. Al llegar, Isabel contempló el triste semblante del Arzobispo de Toledo que salió a recibirla, entendiendo que Don Alfonso había muerto. Asi era, la enfermedad había sido fulminante, ninguna medicina ni los mejores médicos pudieron hacer nada para restaurarle la salud. La infanta entró en la habitación dónde yacía su hermano Don Alfonso, arrodillándose junto a él.
     El Arzobispo Carrillo contó lo sucedido a Isabel. El día anterior, el día 3 de julio, Don Alfonso había comido truchas, uno de sus platos preferidos, después, comenzaría a sentirse mal. El motivo de la muerte era un misterio sin resolver
     Tras el funeral, Isabel regresó a Avila. Pero qué tenía que hacer ella ahora; volver junto a los reyes estaba totalmente descartada y a Villena no deseaba verle jamás, por lo que decidió quedarse por el momento en el convento cisterciense de Santa Ana de Avila.

     Una mañana muy temprano el Arzobispo Carrillo llamaba a las puertas del convento de Santa Ana para pedir tener una audiencia con Doña Isabel. La princesa tras recibir al Arzobispo, éste le dijo, que todos los hombres de buena voluntad lamentaban la muerte de su hermano Don Alfonso, siendo una gran desgracia para toda la nación. Y que ella, era la esperanza de Castilla. Por ello, venía a ofrecerle su lealtad junto con la antigua corona de los Reyes de Castilla y León.
     Isabel dejó terminar al Arzobispo, contestándole sin alterarse, que el rey Don Enrique era el legítimo soberano de Castilla; y que si los reyes gobernaban con el permiso de Dios, ante quien eran responsables por el poder que de El recibían, ninguna autoridad de Castilla podía quitárselo legitímamente sin su consentimiento hasta el día de su muerte. Y siguió diciendo, que no juzgaba a su hermano Don Alfonso por que había hecho, pues según creía, había actuado de acuerdo con su conciencia, pero ella jamás obtendría el poder por medios inconstitucionales, pues sólo conseguiría perder la gracia y la bendición de Dios.



Monasterio Cirstensiense de Santa Ana (Avila)

     El Arzobispo con lágrimas en los ojos, imploró una y otra vez a la infanta Isabel, haciéndole ver que su negativa era la ruina de todos los partidarios de su hermano; sin un jefe que los dirigiera, nada se podría hacer, e incluso le dijo, que temía por su propia vida pues, los enemigos al considerarla rival de La Beltraneja, encontraría el medio para deshacerse de ella. Al ver que la opinión de la infanta no cambiaba, el Arzobispo se despidió muy triste y congojado.
     A los rebeldes no les quedaba otra opción que firmar la paz y, por mucho que le pesara al Arzobispo, se vio obligado a unirse al resto en demana de paz.     

     Las necesidades económicas de Enrique eran tan importantes que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por conseguir dinero. Con esta intención quiso entrevistarse con los nobles cerca de Avila, junto a los Toros de Guisando. La infanta Isabel quiso acompañar al Arzobispo a aquella entrevista aún sabiendo que éste, no estaba de acuerdo con que ella fuese pues, temía por su seguridad y que con toda seguridad, pensaba que el acuerdo que de allí saliera sólo sería una farsa.
     Los hechos que siguieron dieron la razón a Doña Isabel. Las ansias por obtener la paz propiciaron la firma de un acuerdo que le era favorable. Villena, aunque había declarado que Doña Isabel había hecho bien en rechazar la Corona de Castilla, comprendió que era imposible lograr la unidad del reino sin ella por lo que, aconsejó al rey que la reconociera, por el momento, como su heredera. Una de las claúsulas de aquel acuerdo fue, el reconocer a Isabel como Princesa de Asturias y heredera del trono de Castilla y León.
     El siguiente paso era convocar las Cortes en Ocaña. En él, se produjeron interminables discusiones por lo que el rey, tras prometer que tendría en cuenta todas las propuestas allí dichas, disolvió las Cortes. Los delegados habían jurado fidelidad a Doña Isabel, pero no ratificaron oficialmente el tratado de los Toros de Guisando.

     El Arzopispo de Toledo vio en el Marqués, que había aconsejado al rey a que firmara el tratado de los Toros de Guisando con la intención de que no lo llegara a cumplir en un futuro, y de ganar tiempo entretanto con la convocatoria de Cortes de Ocaña. Pero algo más se podía sentir en el ambiente. Carrillo pensaba que el Marqués de Villena lo que perseguía era expulsar a Doña Isabel de la nación en cuanto pudiese de hecho, el Marqués ya había convencido al rey de que debía casar inmediatamente a la infanta con Alfonso V, de esa manera, se evitaría correr el riergo de que tomara matrimonio con Don Fernando de Aragón. El rey ante esta propuesta contestó que, Isabel entraría en razón haciendo uso de la fuerza.
     Pero no todo iba a quedar en manos del rey, a Ocaña llegó una embajada procedente Portugal, presidida por el arzobispo de Lisboa, al cual Alfonso V, le había dado las instrucciones de no volver sin traer el consentimiento de matrimonio por parte de Isabel. La buena fortuna hizo que llegara, en esos días a Ocaña, un mensajero de Aragón que llevaba la petición de la mano de la infanta para el príncipe Don Fernando.
     Doña Isabel pensaba seriamente sobre los tres pretendientes que tenía: Alfonso V, Fernando de Aragón y el Duque de guyena, hermano y presunto heredero de Luis XI.


Alfonso V de Portugal (1432-1481)


     Antes de tomar ninguna decisión, determinó que debía conocer qué tipo de hombres eran aquellos. Secretamente envió a su capellán, Don Alfonso de Coca a París y a Zaragoza para que observara detenidamente al Duque de Guyena y a Don Fernando, respectivamente. Al regresar, le contó a la princesa lo que había visto y observado y, Doña Isabel eligió como a su marido a Don Fernando de Aragón.
     El rey insistía a la princesa que recibiera al Arzobispo de Lisboa y a su embajada. Tras escuchar sus discursos, le dijo que consideraría con calma cuanto le había expuesto. Dicha respuesta no fue grata al Arzobispo, y menos aún al rey, el cual comunicó a Isabel su deseo de que consintiera el matrimonio con Alfonso V de Portugal sin mas demora; de lo contrarío, la encerraría en el Alcázar de Madrid para que aprendiera a obedecerle.
     Isabel comunicó los deseos del rey al Arzobispo de Toledo y esté le aconsejó, que diera largas a Alfonso V y que aceptara de inmediato a Don Fernando de Aragón.

     Los tres estados, es decir, los nobles, el clero y el estado llano, deseaban que Doña Isabel se casara con Don Fernando. La princesa tras oír el sentir de los estados, consintió en tomar matrimonio con Don Fernando. Fue entonces cuando Gutiérrez de Cárdenas y Alonso de Palencia, partirían de inmediato hacia Aragón para informar de la respuesta de la princesa a Don Fernando. Entretanto Isabel, comunicaría al Arzobispo de Lisboa que existía importante obstáculo para contraer matrimonio con Alfonso V.
     A la mañana siguiente, Isabel, vio a través de sus ventanas, que un gran número de ciudadanos que llevaban toda clase de armas, vigilaba la calle frente a sus aposentos y las puertas de palacio. El pueblo estaba a favor de Doña Isabel.
     De lo que no tenía duda es que ni el rey ni el Marqués, compartían el mismo sentir del pueblo pero, no tenían otra opción que revocar la orden de su arresto. Para empeorar más la situación, un nueva revelión formada en el sur avanza rápidamente. El Marqués pensó que era necesario acompañar al rey hasta la zona con todas las tropas que disponía. El asunto de la princesa podia esperar hasta su regreso.
     En medio de estas revueltas, Doña Isabel recibió un mensaje del Arzobispo en el que le decía, que tenía que salir urgentemente de Ocaña y ocultarse en la torre de Madrigal. Así lo hizo, una noche, escoltadas por unos pocos amigos, Isabel salió de Ocaña para dirigirse a Madrigal de las Altas Torres.
     A los pocos días de su llegada, un mensaje de Cárdenas y de Alfonso de Palencia la preocuparon enormemente. Tras unas averiguaciones que habían hecho, se habían enterado de que el Obispo de Burgos, sobrino de Villena, era partidario del rey y de que, la opinión que reinaba en toda la frontera aragonesa, era en contra de ella y de su matrimonio con Don Fernando. Y no sólo esto, sino que el Conde de Medinaceli y la mayoría de los miembros de la familia de los Mendoza, habían jurado apresar o acabar con el príncipe si, al ir a reunirse con su prometida, atravesaba sus tierras. Por lo que aconsejaba a la princesa que solicitara a Carrillo el envío urgente a Burgos de Osma de trescientos soldados para que pudieran abrir camino al príncipe si éste, decidía emprender el viaje.
     Don Fernando a pesar de todos los inconvenientes y peligros, firmó el compromiso con la princesa Isabel, comunicándole que se reuniría con ella en cuanto pudiese. Mientras tanto, los espías vigilaban todos los momientos de la princesa y de su futuro marido, con el riesgo que ello conllevaba.

     Los espías de Villena le informaron de los últimos acontecimientos. Don Fernando había firmado el compromiso con la princesa y de que pronto, se reuniría con ella. El Marqués tras entrar en cólera, acudió al rey para decirle que debía actuar con firmeza, por lo que tenía que reunir, sin demora, los suficientes soldados para capturar a Isabel. El rey haciéndole caso, envio cuatrocientos soldados con la única orden de capturar a la princesa.

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